La Vall de Guadalest

Sorprende oír que El Prado, La Alhambra, y El Castell de Guadalest, son los tres puntos turísticos más visitados de España. El rumor y la fama vuelan y se retroalimentan. El mismo Gabriel Miró o W. Fernández Flores contribuyeron al mito de Guadalest. No digamos si nos sumergimos en su insurrección morisca del XVII, el asalto a su castillo en la Guerra de la Sucesión, su declaración de Conjunto Histórico-Artísco en tiempos de Franco, o el estreno en 1971 de su renombrado pantano sobre el río Guadalest, que excava y da nombre a todo el valle entre las espaldas de la imponente Aitana y la Serrella.

Por encima de la singularidad o de la apacibilidad de tales parajes, hay quienes sienten la imperiosa necesidad de construir macrourbanizaciones de más de quinientos chalets en Ferraget de Guadalest, paraje que, por cierto, ha sufrido incendio. O en las mismas faldas del Castell de Guadalest, donde se quieren proyectar adosados, sin haberse programado y aprobado un Plan de Protección del Entorno como todo conjunto monumental demanda. O en Ondarella, donde el Ayuntamiento de Benimantell ya ha recalificado y tiene prisa por recalificar más suelo en Mas d’Ondara. Importando así la saturación y masificación del litoral, y con ello los hábitos de agresividad y competitividad para captar al cliente a precios de intensa competencia, sustituyendo la indudable calidad actual por la cantidad, amén de alterar o destruir la apacibilidad de vida, más el paisaje que la producía y que era (y es) patrimonio y garante de futuro de toda la Vall. Y como legado, después de llevarse las enormes plusvalías efecto de la recalificación del suelo, quedará, al final, la servidumbre y obligación de unos equipamientos y servicios públicos onerosos para calles de interminables kilómetros.

Sin embargo, la rentabilidad económica no se mide por la mayor cantidad de turistas, sino por el ingreso dinerario que cada uno de ellos aporta en relación a su coste (suelo, equipamientos, servicios públicos, trabajo, explotación, degradación…). Y a mayor destrucción de valores naturales y ambientales, menor atractivo turístico y rendimiento global. En tales circunstancias, la huida hacia adelante se traduce en un intento de captación de más clientes, más competitividad (más barato), más presión humana, más degradación, más…

En fin, el dilema parece oscilar entre entrar en los circuitos de turismo extensivo y depredador, u optar por mantenerse en los parámetros de paraje singular, semiidílico, tal como la Historia, los poetas, o los afortunados turistas que allí suben y bajan a diario nos cantan y seguirán cantando (si Dios o las promotoras quieren).

Jesús Moncho
Información, 8-1-2004

Publicat el 8 gener 2004

Me llamo Andy Cartagena. ¿Y qué?

Me llamo Andy Cartagena. Y soy de Benidorm. Soy matador. De toros, claro. Fabuloso y mítico mundo, el de los toros. Lo llevamos en la sangre, en la frente, y en la mente. Pura tradición, puro corazón, alma y ambición. Aunque atrás quedaron senderos de polvo, noches de luna, y hatillos con mendrugos de pan y arenque. Me llaman Andy. Soy de Benidorm, plaza en que nuestro gran Manuel Benítez el Cordobés alcanzara tardes de gloria, contemplado como un gigante a través de los culos de las jarras de cerveza medio vacías. El colaboraba y participaba del ambiente emulando la rana. Gran artista él; padre de la modernidad torera. Yo me llamo Andy. Como Warhol, o como Andy Williams. Gente de tronío. No crean que no caminamos al compás del mundo actual. De un rudo golpe con las dos manos, acabó Hércules con la lidia del furioso toro de Creta. Ya se ha andado desde allí. Y ha llovido. Igual somos cantantes, que toreamos en exclusiva para plazas repletas sólo de féminas y mujeres. Acogemos, en un fenómeno nunca visto, a los de la tercera edad como el Curro Romero, el Antoñete, o el mismo Ortega Cano. Llevamos en el traje, como en la sangre, el azul junto con el oro: ése es mi Fran Rivera, duque de Montoro y grande de España. Pa qué te voy a contar!

Me llaman Andy Cartagena. Ya no como orejas ni rabo de toro. Incineran los astados después del arrastre; nadie vaya a decir que lidiamos toros oligofrénicos. Ni digan que somos como el malo de Gladiator que le clavó la puya en el costado antes de la pelea. Lo nuestro son suertes. Suerte de varas, suerte de banderillas, suerte de espadas. Esa es la suerte del astado. Lo nuestro es arte y monumento, como en las colinas de toda España se ve, en negro sobre blanco o negro montado sobre azul. Eso sí, con etiqueta de Osborne. Me llamo Andy Cartagena y lo nuestro es arte y tortura, qué digo?!, es “arte y curtura”…

Jesús Moncho
Información, 5-5-2001

Publicat el 5 maig 2001

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