Jesús Moncho Pascual

Inmigrantes

El Sr. García Albiol, dirigente del PP catalán, a primeros de este mes de marzo lanzaba al aire: “una parte de los inmigrantes sólo se ha afincado en la ciudad (Badalona) para robar y para beneficiarse de las ayudas sociales”. Palabras acusatorias sin destinatario o nombre concreto. La llama está encendida: cualquiera que no obedezca a los rasgos supuestos de haber nacido en Badalona, o Teruel o Granada o Argamasilla es susceptible de ser considerado reo. Valiente bravuconada. Los inmigrantes, como colectivo, son objeto de las iras. Sobre todo, en una situación de crisis, donde, como en la selva, pareciera que hay que luchar por el puesto de trabajo y para ello hay que eliminar al competidor más débil, al más desamparado, en este caso, al inmigrante. Y aquí vendrían como anillo al dedo frases tales como “los españoles primero” o “inmigrantes fuera”. Pero la cuestión no es si españoles primero o inmigrantes fuera, la cuestión es ¿cómo y por qué aparecieron los inmigrantes? Y ¿quién los trajo?

A principios de esta centuria, más 750.000 inmigrantes fueron llamados por el sistema de producción español, basado en la burbuja inmobiliaria, inmigrantes a los que se empleaba y no se les daba papeles ni se les reconocían derechos por parte del gobierno de Aznar, un tanto olvidadizo de lo que hicieron los países europeos de los años 60 cuando otorgaban papeles y derechos a los españoles emigrantes. Es más, los inmigrantes compraban aquí una vivienda con hipoteca facilitada por los bancos, y así contribuían al mantenimiento de la fiebre constructora. En 2005 el gobierno entrante de Zapatero no tuvo más remedio que ser consecuente con la realidad (el sistema era el que estaba fuera de la legalidad) y regularizó a los inmigrantes. Ahora hace un tiempo que ha llegado la crisis, y, ¡claro!, los problemas aumentan para todos. Las soluciones han de ser, también, para todos.

Algunos de los inmigrantes, bastantes, se han marchado de vuelta a su país: en unos 160.000 ha descendido el censo de residentes extranjeros (bien es verdad que algunos se han nacionalizado españoles). Bastantes se han quedado entre nosotros. Bastantes han conservado el puesto de trabajo, sobre todo, las mujeres en labores domésticas y atención a mayores. Y bastantes, en la obra pública o en empresas complementarias, ahora no cobran su salario a su tiempo. Las empresas les adeudan dos, tres y hasta cuatro meses de salario. La Generalitat Valenciana no paga a tiempo a sus proveedores ni abona los plazos a sus empresas contratadas. Los empresarios trasladan la deuda adquirida (de la Generalitat) a sus empleados, en este caso, bastantes inmigrantes. Se da el contrasentido de que son los trabajadores los que avalan la deuda de una Generalitat conservadora. Lo tomas o lo dejas. Todo el mundo quiere conservar como sea su puesto de trabajo. Aunque, además, por la calle, los inmigrantes a veces se vean increpados o asaltados con las pintadas de “inmigrantes fuera”. Inmigrantes (piensan ellos para sí) que vinieron para colaborar en lo que se les pedía, y ahora que son parte de esta sociedad (pagan una hipoteca y no pueden irse así como así) se les desprecia y ataca, a veces desde tribunas políticas, como la del Sr. García Albiol (PP), que no deberían encender las pasiones ni dirigirse a las emociones de los ciudadanos en temas tan sensibles como la cohesión social y la paz ciudadana.

Si los inmigrantes, una vez regularizados, han pagado sus impuestos, han contribuido a aumentar la tasa de afiliación a la Seguridad Social que posibilita servicios y pensiones, han aportado su esfuerzo en los años de prosperidad…, ¿por qué ahora no deben formar parte de nuestro colectivo?, ¿quién está capacitado para decir a nadie que se vaya fuera?, ¿quién y en base a qué?

Jesús Moncho

Publicat el 15 abril 2011

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