Jesús Moncho Pascual

El laurel que te mira

Siempre que en la lista de compra llevo anotado “laurel”, irremediablemente se me pasa por alto. Como si no fuera artículo o manjar de entidad. O quizá sea porque en el parque público o en los jardines particulares se cultiva o se puede ver bien, el laurel, al que, dicho sea de paso, en la intimidad también se le puede llamar llorer, loureiro o areñotz. Esbelto arbolillo. Nada mundano en su forma o apariencia, al contrario de aquellos árboles péndulos o llorones, como el sauce, que semejan tender sus brazos hacia los suelos en interesada y afanosa búsqueda de no sabemos qué. Nuestro laurel, de ramas huidizas hacia lo alto, mejor diríase de brazos extendidos hacia el cielo en actitud un tanto mística y espiritual, fue elegido por nuestros clérigos para dar forma a sus candelabros, rematados estos con una llama de indiscutible querencia celestial.

Pero es que incluso en ambientes opuestos, como en el belicista de los ejércitos, las hojas de laurel (llamadas lanceoladas en Botánica) inspiraron, claro está, las finas puntas de las lanzas de griegos y romanos, quienes, después de todo, tenían el laurel como símbolo del triunfo, al conformar coronas con sus ramos sobre las cabezas de los elegidos por la fortuna y el éxito. Laureado es sinónimo de premiado; como apaleado quien ha recibido una sarta de palos. Las palabras no pueden escapar a su origen, que irremisiblemente las autentifica. Y si el éxito era en la escuela, se le coronaba con ramas de laurel con fruto (bayas), de ahí el baccha-laureatus o bachiller.

Pero, volviendo al tema, en la cocina actual el laurel, con propiedades aromáticas y digestivas, es para los macarrones o las lentejas. Nada como lo natural. Rico en taninos. Y dicen los viejos del lugar que antaño se usaba en forma de ungüento como antirreumático en invierno, y antiparasitario en verano. ¿Hay quien dé más? Ya se explica que la legendaria ninfa Dafne prefiriera transformarse en laurel al ser perseguida y acosada por el atrevido dios Apolo, el cual ya había mostrado suficientemente sus dotes de metamorfoseador con los jovencitos Hiacinto y Cipáriso al dejarlos como un lirio y un delgado ciprés respectivamente.

En fin, les aseguro que, por si acaso, en la próxima cesta de la compra no me olvido del laurel. Palabra.

Jesús Moncho

Publicat el 31 agost 2011

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