Jesús Moncho Pascual

El calentamiento global, cosa de chinos

El calentamiento global es un invento de los chinos, construiré un muro entre USA y México y lo pagarán ellos (alguien más ha dicho que lo construirá en Ceuta y Melilla), la tierra es plana, la ley de violencia de género va contra los hombres. Afirmaciones éstas lanzadas alegremente, todas con cierto eco en los medios, ávidos de impactar. Resultat d'imatges de calfament global se puede llegar incluso a decir que un burro vuela, y, tal y como está hoy el patio mediático y social, muchos mirarían (o miraríamos) para arriba, hacia el cielo, no fuera que, por alguna de aquellas, nos pudiera caer algún burro encima de la cabeza. «¡Cosas veredes!»El calentamiento global es broma, la tierra es plana. Afirmaciones, obviamente, de frikis. Tan lejos de la ciencia, como Luis Bárcenas de la inocencia. Y el simple hecho de hablar o reincidir sobre ellas nos acerca un poco al género irracional o tonto. ¿Somos o estamos en un mundo de tontos?… Atención, ya no es que estas mentiras afecten a la conducta o la actividad cotidianas, como cuando propalan que Risto Mejide o Florentino Pérez se hacen millonarios invirtiendo en criptomonedas; es que afectan directamente a la vida de las personas, si no se ha de vacunar a los niños, que si tienen que jugar a la «ballena azul» y autolesionarse, o los fakes sobre ataques o robos de niños en México que provocan linchamientos ipso facto.

Se ha perdido, en medio de esta gran masa de información circulante, el límite entre la verdad y la falsedad. En el fondo, siempre subyace o se suscita en estas afirmaciones el miedo, la víscera. El miedo reduce al individuo, lo hace vulnerable. La víscera siempre contempla al otro como un enemigo peligroso, un demonio, sea del Barça o del Madrid, sea moro o cristiano… Es, estamos, en el reino del atropello y de los insultadores oficiales; véase la hemeroteca: «analfabeta funcional», «matona barata», referidos a Irene Montero (por parte de Jiménez Losantos, Esradio); es la hora de los alarmistas provocadores: «no se debería permitir que niños con enfermedad o discapacidad nacieran» (de Arcadi Espada, El Mundo); de los descerebrados: «es una hipocresía más de la izquierda», referido al incendio de la Amazonía, «es una oportunidad para entrar allí con tanques y asfaltar» (Salvador Sostres, ABC); de los manipuladores que publican números de cuenta bancaria en el extranjero falsos sobre rivales políticos (Eduardo Inda, Okdiario); de estómagos agradecidos: «las manos de los hombres son para no estar quietas», ante una mujer, sin respeto, sin permiso o sin complicidad (Albert Boadella, promotor-fundador de Ciudadanos)…

Se trata de confundir, de arrinconar la verdad, de crear crispación social. En definitiva, se trata de empobrecer la persona, de desorientarla y, en su confusión, dominarla o dirigirla. Pero, por encima de todo, emerge y queda claro el grupo, el conjunto, la colectividad. Un conjunto que es, claramente, depositario de derechos y obligaciones, el primero de los cuales es la dignidad y la libertad, que no se entienden sin magnanimidad, sin desprendimiento, sin generosidad. La mentira y los mentirosos, por el contrario, son hijos del interés y la insolidaridad. Por eso tienen que elevar la voz, gritar, insultar o faltar al respeto. Y ya sabemos que quien insulta o falta al respeto, por mucho que levante la voz, se califica (o descalifica) obviamente a sí mismo.

Jesús Moncho


Publicat el 7 novembre 2019

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