Jesús Moncho Pascual

Dirigismo malentendido

En la sociedad española, desde hace algún tiempo, viene aflorando la tensión entre la necesidad de mayores niveles de participación que generan mayor implicación y corresponsabilidad de las gentes o, por el contrario, la conveniencia (para quién?) de un cierto dirigismo necesariamente desde entes cada vez más centralizados o jerarquizados o autoprofesionalizados. Un ejemplo vale más que mil palabras, ¿quién decidió convertir el País Valenciano en un rosario de Ciudades Temáticas?: ¿el pueblo, tras un debate, priorización de necesidades y elección?, ¿o una élite pensante por todos?… Convendremos que, si lo hemos de pagar todos, lo tendremos que decidir entre todos, se nos habrá de tener en cuenta.

Pero si profundizamos, indagando cómo funciona esa élite pensante y decisoria, observaremos que, a su vez, no tiene un funcionamiento democrático: Fraga nombra presidente del partido a Aznar, como este a Rajoy, siempre a dedo. Es decir, una sociedad falta de la mayor parte de los mecanismos participativos genera o tolera organismos, que no tildaremos de ademocráticos, pero sí de jerárquicos, centralistas y dirigistas. Así, a su vez, estos elegirán al Consejo del Poder Judicial (pero no elegido por los propios jueces), al Fiscal General, igual como al Director General de Televisión Española o al Director del SEPI (ex INI) y este al Director de la Agencia EFE… En fin, ¿para qué más citas?

En la medida que uno se aparta del sentir y la acción de la colectividad cae, o puede caer, en el juego de los intereses dominantes en la sociedad, entre los cuales el principal, sabemos todos, es el económico. La política se vuelve un intrincado ejercicio de números, porcentajes, primas de riesgo, controles de déficits, reservas, deudas… que nos hacen creer que todo es un mercado, un mundo que obedece a leyes ciegas y sin espíritu. Donde la emanación de leyes ¿es neutra?, ¿u obedece a algún interés específico? ¿Por qué se ha decidido devaluar la sociedad española (rebaja salarial y recortes) para hacerla más competitiva, y no perseguir el fraude fiscal, la economía sumergida o los paraísos fiscales?

La sociedad española parece que ya no tolera su marginalización en el juego político. Al menos, es consciente. Sabe que su no participación plena y su no tutela han comportado la financiación y mantenimiento irregular de partidos, de organizaciones empresariales o sindicales. Y de ahí, a la corrupción sistémica. Sabe que una organización territorial descentralizada, sin un reparto proporcionado y democrático de los recursos, lleva a la infrafinanciación, al endeudamiento, y circunstancialmente a la irresponsabilidad. Sabe que una Constitución que limita la total democracia de sus instituciones y organismos (Justicia, medios públicos de comunicación, partidos políticos, leyes electorales, circunscripciones…) y la capacidad participativa de sus ciudadanos (referéndums, consejos participativos, priorización de necesidades, controles, revocaciones de cargos…) obedece a intereses inconfesables y restringe la soberanía popular.

Nadie puede parar la avalancha desatada. Sería de insensatos. Crecería y crecería aún más, hasta desbordarse. Lo mejor es tratar de encauzarla y darle salida, es decir, reforma de la Constitución y plena democracia participativa.

Jesús Moncho

Publicat el 11 juny 2014

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